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Experiencias que marcan

Hace más de 16 años viví una de las experiencias profesionales que más me han marcado: despedir a mi equipo por falta de presupuesto, y luego verlos regresar cuando la empresa se recuperó. Una historia de confianza, liderazgo y resiliencia.

Liderazgo Reflexiones Carrera Equipos

De las mejores experiencias de vida que he tenido en mi carrera profesional, hay una que recuerdo con especial claridad y que me sigue llenando de motivación y esperanza cada vez que la traigo a la memoria.

Era hace más de 16 años. Yo era el CTO de una empresa muy pequeña de ecommerce.

Eran tiempos muy diferentes a los actuales. El cloud computing no era tan común como lo es hoy, donde se ha convertido en la norma. De inteligencia artificial, mejor ni hablamos — lo que hoy damos por sentado era pura ciencia ficción.


La crisis

En ese contexto llegó el momento más difícil que he vivido como líder técnico.

Nos quedamos sin dinero.

El CEO tuvo que tomar decisiones muy difíciles para intentar salvar la empresa. Una de ellas estaba dirigida directamente a mí: prácticamente tenía que despedir a todo mi equipo, quedarme en mi puesto solo con un ingeniero más. Al resto teníamos que dejarlos ir.

Tuve que hacerlo. Tuve que hablar con cada uno de ellos, mirarlos a los ojos, y terminar esa etapa. No fue fácil. No lo es nunca cuando el problema no es el rendimiento, no es la actitud, no es nada que ellos hayan hecho mal. Fue simplemente que el dinero se acabó.


El regreso

A las pocas semanas, la empresa tuvo que venderse.

Los nuevos dueños inyectaron capital. Y entre las primeras cosas que hicieron, me dieron presupuesto para armar de nuevo a mi equipo.

Llamé a todos los que había tenido que despedir y les pedí que regresaran.

Todos regresaron. Excepto uno, que prefirió quedarse en el nuevo empleo que había conseguido mientras tanto — y eso lo respeto completamente.

El resto volvió. Creyeron de nuevo en la empresa, en el proyecto, en mí, en nosotros como equipo. Como éramos antes.


Lo que me quedó

Esa ha sido una de las experiencias de vida que más recuerdo, y que más me recarga cuando las cosas se ponen difíciles.

Porque lo que esas personas hicieron al regresar no fue solo aceptar una oferta de trabajo. Fue un acto de confianza. En la empresa que había fallado económicamente. En un proyecto incierto. Y en mí, que había sido quien les había dado la noticia de que ya no había lugar para ellos.

Eso no se olvida.

Me enseñó que el liderazgo no se mide en los momentos buenos, cuando todo va bien y hay presupuesto de sobra. Se mide en los momentos duros, en cómo tratas a las personas cuando las circunstancias te obligan a tomar decisiones que no quieres tomar. Y que si lo haces con honestidad, con respeto y con cuidado, la gente lo recuerda.

También me enseñó algo sobre los equipos: cuando construyes algo real con las personas que trabajan contigo, cuando hay confianza genuina y un propósito compartido, ese vínculo sobrevive incluso a las crisis más severas.


Guardo esa historia como un ancla. Cuando el camino se complica, cuando las decisiones son difíciles, cuando el futuro se ve incierto — recuerdo que un equipo completo decidió regresar. Y eso me dice todo lo que necesito saber sobre para qué vale la pena trabajar y cómo hacerlo.